Tres Grupos Diferentes

Me agradaría desafiar a tres grupos diferentes. Primero, a los que envían, luego a los que oran y al final a los que van. Los tres son necesarios.

Alguien debe enviar; el dinero es necesario. Algunos deberán sostener las cuerdas desde casa. Y si tú, mi amigo, no puedes ir, puede ser que Dios desee que seas uno que envía y que veas que alguien vaya en tu lugar. Tu parte consiste en lograr aportar dinero y posibilitar la idea de otro. Y recuerda, del mismo modo participarás de la recompensa.

Luego están los que oran. Puede ser que no puedas lograr dinero y que sólo te alcance para tus necesidades. Nunca podrás mandar a otro, pero puedes orar. Puedes usar cada día un poco de tiempo para interceder por África, la India y China. Puedes conseguir una lista de misioneros y orar por ellos. Esa puede ser tu responsabilidad, y ¡ay de ti si rehuyes a hacer algo de eso! Tú también puedes lograr una recompensa orando fielmente por los que han salido al campo; por ellos puedes tener una parte en su trabajo.

Luego, lógicamente, se hallan los que van: si eres sano y fuerte; si tienes o puedes lograr la necesaria preparación, y si estás dispuesto, puedes ir. Sentirás la urgencia en cuanto ores por el plan de trabajo para tu vida y pronto llegarás a saber si Dios te llama. Te desafío al mayor de los trabajos del mundo. Apelo ante ti para que vayas si puedes. No hay nada como ello. Porque los misioneros son los aristócratas de Dios. Son la aristocracia de la iglesia. Te asociarás con la mejor clase de gente de la tierra.

¿Cómo sabrás tú cuál es la voluntad de Dios? Deja que te lo diga. Comienza desde ya a orar por el trabajo de tu vida. Ora cada día. Dispón de tiempo para ello y exclama: “Señor, ¿qué quieres que haga?” Luego, al orar, lee biografías de misioneros: Brainerd, Singh, Livingstone, Carey, Moffat, Mackay, Judson, Gilmour, Paton, Slessor, Chalmers, Morrison, Duff, Martyn, Taylor, Geddie; lee dos o tres capítulos cada día. Esto te transportará a la atmósfera de las misiones. Luego al leer y orar, no olvidando lógicamente la Palabra de Dios, llegará a tu corazón una convicción, una urgencia que Dios te necesita para que le sirvas en algún país extranjero. En caso contrario, si no sientes el llamado, el cargo de conciencia desparecerá. Esa urgencia es la voz del Espíritu. Atiéndela y nunca te desviarás.

Cuando estés seguro de la voluntad de Dios, no dejes que Satanás te haga cambiar de idea. Lo hará si puede. Tus propios amigos y seres queridos podrán ser las mayores piedras de tropiezo. Permanece en guardia. Muchas señoritas que fueron llamadas, se casarón con jóvenes que no deseaban ir y viceversa. El resultado fue que el plan de Dios no se cumplió. Escucha joven: no tenemos derecho de ofrecer compañía a alguien, excepto al que camina en nuestra dirección. Haz eso y jamás te equivocarás. Dios ya ha escogido al compañero de tu vida para ti; su elección es mucho mejor que la tuya. No dejes que el enemigo te haga cambiar de idea.

El chino Juan y el ateo.

El chino Juan fue una vez interrogado por un ateo:
-¿Qué es lo primero que usted hará- preguntó el ateo- cuando llegue al cielo?
-En primer lugar- respondió Juan- buscaré al Señor Jesús y le agradeceré por haberme salvado.
-Bien sonrió el ateo- , y luego, ¿qué hará?
El chino Juan meditó un instante antes de responder:
-Luego- contestó- buscaré hasta que halle al misionero que llegó a mi país y me habló de Jesucristo, y entonces le agradeceré por haber venido.
-Sí, y luego, ¿qué más?- preguntó el ateo con sonrisa burlona.
-Luego- dijo Juan- buscaré al que dio el dinero de manera que el misionero pudiese venir, y yo pudiera saber de Jesús y ser salvo, pues también deseo agradecerle.
Al oír esto el ateo se retiró y no se le vio más.
Mi amigo, tú puedes ser el que mandó el misionero, o el mismo misionero que fue. Algún chino Juan podría allegarse a ti y agradecerte por lo que hiciste. ¿Habrá allí alguno del mundo pagano que te reconocerá y así te expresará su gratitud? Debes decidir. La tarea no ha terminado. Está en ti el hacer tu parte para terminarla.

“¿Cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados?”.

Tomado del libro “Pasión por las almas”
Autor: Oswald J. Smith.